Playa, para el común de la gente, es sinónimo de mar, olas, litoral. Para los que preferimos balnearios lacustres,la playa también es el lago. O sea, ir a la playa es sentarse frente a las tranquilas aguas dulces del Llanquihue, el Villarrica, el Ranco o el Calafquén.
Este verano partí a Lican Ray, que tiene la ventaja de mantener su aire rústico. Cero glamour con sus calles de arena y casas de madera, su feria mapuche y sus bicicletas acuáticas. Un oasis que sólo se ve alternado cuando llegan las micros con turistas domingueros y sus cargamentos de huevos duros, pollos asados y sándwiches de mortadela.
La playa es un lugar especial, porque uno puede compartir todo el día echado en su toalla al lado de otras familias que tal vez nunca más vuelva a ver. Y te vas al agua dejando poleras y bolsos con la ingenuidad sureña de que al volver estarán todavía ahí. Y generalmente es así.
Lican Ray es sólo "Licán" para quienes lo visitan regularmente. La zona de baño, al menos en la Playa Grande (obviamente, existe también una Playa Chica), tiene un ancho de unos 15 metros y una longitud que debe bordear el kilómetro y algo más. O sea, es larga y angosta.
Con mis sillas playeras, toallas y quitasoles me instalé diariamente por dos semanas prácticamente desde el primer día en el mismo lugar. Tratando de no molestar y dejar que circule con fluidez el desfile de vendedores de cuchuflíes, palmeras, pelotitas acuáticas, pan de huevo y berlines, me tiraba a unos 10 metros del agua. Y desde ahí observé el nacimiento de una nueva especie playera. Son los orilleros, ciudadanos inconscientes que van con las mismas sillas, toallas y quitasoles, además de esas medias carpas diminutas que sirven para no sé qué, y que se instalaron a 30 centímetros del agua. O sea, en la orilla.
El primer día partí corriendo al agua para no quemarme con la arena y me tuve que detener ante la barricada que formaban los orilleros. No tenía por dónde pasar. Tuve que dar un rodeo por un muelle que había a unos 20 metros y que cortó la invasión orillera.
La raza es la mala. ¿Cómo alguien puede llegar e instalarse tan cerca del agua sin darse cuenta de que impedirá el libre tránsito de otros? Es el colmo de la inconssciencia.
Mi hijo de 5 años, el Tompy, bien provisto con su flotador, me miró con cara de angustia. "¿Por dónde paso?". Miré a los orilleros y le dije que por donde pudiera. Para no quemarse los pies pasó corriendo a 10 centímetros de la cabeza de una orillera regordeta que dormía plácidamente la siesta y que hizo un amago de reclamo.
Desde ese día, yo y todos los que estábamos más lejos de la orilla, tuvimos que pasar haciendo equilibrio entre sombrillas, toallas y meriendas ajenas, sin que los orilleros se inmutaran.
La raza es la mala.
*Próximo capítulo: El estacionamiento
















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