Este verano asistí a un congreso en Temuco. Tras una hora sentado, intenté ponerme de pie y la silla acompañó mi movimiento. ¡Increíble! Estaba pegado.
Lo que primero temí era verdad. Un desalmado o un inepto había dejado un chicle en el asiento.
Miré con rabia al que estaba sentado atrás, pero vi inocencia en sus ojos. No tenía a quien culpar. Sintiéndome estúpido comencé la tortura de separarme de la silla. Luego, para volver a sentarme, puse un papel. Obviamente, cuando de nuevo quise pararme, el papel subió junto al pantalón.Por cierto, no es la primera vez que me pasa. Ya hice el ejercicio inútil de intentar no dejar huellas del chicle en un par de pantalones, pero mientras más intentaba sacarlo, más se pegaba. Probé con hielo (para que se endureciera y así sacarlo más fácil), con cuchillos, con calor y hasta la asquerosidad de sacarlo con los dientes. Generalmente, el esfuerzo fue en vano. Incluso unos jeans los transformé en bermudas por culpa de un chicle que nunca salió.
La raza es la mala. ¿Cómo es posible que alguien en su sano juicio sea capaz de dejar un chicle en una silla?
Sólo un imbécil podría considerar como buena la broma de arruinar los pantalones de otra persona. Y si hubiera sido alguien sin mala intención, ¿cómo va a ser tan descuidado que no se va a dar cuenta de que si deja un chicle ahí, dañará a un tercero?
Dañar por dañar, por el simple gusto de saber que alguien sufrirá, es parte de nuestra naturaleza. Y también lo es la desidia, el descuido que permite afectar a otros.
Definitivamente, la raza es la mala.
*Próximo capítulo: En la playa

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